Un vistazo al infierno

Supuse que el procedimiento sería expedito. Una multa por conducir con aliento a licor y de vuelta a casa. Nada de pagar una coima a la Comisaría 13.

Pero cuando los agentes me engrilletaron antes de cruzar el portón principal del sótano de Tribunales entendí que las cosas eran más graves. El medidor de alcohol marcó ligeramente por encima de lo permitido y eso fue suficiente.

Un oficial del Sistema de Presidios me tomó datos y las huellas dactilares, hizo la fotografía de rigor con el identificador a la altura del pecho y extendió la ficha a los guardias penitenciarios.

Estos pidieron que les entregara las cintas de los zapatos, la corbata y el cincho. Cualquier objeto que pueda servir para agredir a otros o para ahorcarse a sí mismo. Ya desprovisto de posesiones, me encaminé hacia la carceleta.

Todas las celdas estaban vacías, excepto una -la que me correspondía.

El guardia de Presidios, que percibía mi titubeo, trató de tranquilizarme: “tranquilo, que ahí sólo hay paisas”. Quiso decir que en esa prisión, de menos de 16 metros cuadrados, larga como un pasillo, oscura y sin ningún mobiliario, apenas con dos bancas de cemento en cada pared lateral, no hay pandilleros o gente extremadamente violenta.

No hace falta que se abra la reja para que uno sienta el tufo a sudor, mierda y orines. El baño que usan los 36 o 40 prisioneros del lugar está abierto y sin puerta. Al entrar los detenidos invariablemente se forma lodo sobre el piso de cemento.

Los prisioneros no logran todos conseguir un espacio en las bancas. Buena parte de ellos está de pie, recostado contra la pared. Los que encuentran asiento tratan de dormitar pero el griterío de los más belicosos les impide mantener cerrados los ojos. Quienes se acurrucan debajo de las bancas, con sus cuerpos rozando los pies de los que están sentados, fingen dormir o por lo menos procuran abstraerse de ese espacio insufrible.

Lo peor son los gritos del único garífuna de la celda. Intimidan a cualquiera, sobre todo al recién llegado. Da órdenes a los otros prisioneros y clasifica a quienes son nuevos. “Este es VIP muchá”, sentencia haciéndose el chistoso. “Háganle un lugarcito en la banca” y manda a ponerse de pie a un muchacho flacucho.

La puerta de la prisión vuelve a abrirse para que entre un extranjero. Rubio, alto y fornido, entra en la penumbra profiriendo amenazas: “¡No me miren!”, “¡no me hablen!”, “¡no se metan conmigo!”  El hombre de Puerto Barrios le dice al rubio gritón de inmediato: “tu reloj me gusta”.

Entrar a la prisión con cualquier cosa que no sea digerible es exponerse a la codicia de todos.  Y todos son hombres de distinto origen, en conflicto con la ley por las causas más variadas, desde haberse tragado 4 pepas de cocaína en Cartagena y traerlas vía Panamá a Guatemala, hasta haber dormido la mona en el techo de La Merced y ser visto como sospechoso de robo sacrílego en grado de tentativa.

Poco después entra un hondureño tatuado que sostuvo una riña con otro muchacho al que llevan a la misma celda con unos minutos de diferencia. El garífuna los tiene que separar porque ya sin grilletes en sus manos querrían continuar la pelea que los llevó a la cárcel. Por suerte se reconciliaron pronto. Los veteranos cuentan que cuando se arma trifulca adentro de la carceleta los guardias penitenciarios han llegado a lanzar gases lacrimógenos para detener el escándalo.

En cuanto se cierra la puerta, con un chasquido metálico y frío, uno siente que está en riesgo de ser tragado por ese infierno. Cuando oye los testimonios de quienes llevan tres y cuatro días en el lugar (porque se cancelan sus audiencias), cuando escucha las narraciones de los presos recurrentes que explican a los primerizos cómo serán sus días en el Preventivo de la Zona 18 o en Pavoncito, empieza uno a sumergirse en la ansiedad del encierro.

Tendrán que hacer La Talacha, pronostican a algunos de los detenidos. Entrar en una de las cuadrillas de lavado de baños o limpieza de corredores y de dormitorios. Explican el rigor de permanecer en cuclillas mientras se limpia el piso. Deberán pagar Q25 mil al mes por tener derecho a una plancha para dormir cada día. Esos son a los que se tragará el Inframundo.

A mí me consuelan diciendo que pronto, en cosa de 20 o 24 horas, estaré de vuelta en mi casa.  En esa celda puede hacer mucho calor. Más de 30 personas en un espacio tan reducido convierte el cuarto en olla de cocimiento lento. Y sin embargo, no es algo en lo que uno se fije demasiado. La angustia es aún más sofocante.

Las primeras cuatro horas de prisión son las más duras. Las más amenazantes. Hay cucarachas enormes en esa habitación y los hombres, no menos acobardados que los mujeres delante de estos insectos, alertan de la presencia de una cada vez que salen a luz. Pero conforme pasa el tiempo, se instala una cierta resignación. Empiezo a sentir que no necesito mantenerme a la defensiva y entonces se dan las primeras charlas.

Cada plática arranca con el infaltable: “y usted, ¿por qué está aquí?”

La gente habla como en el confesionario, como jamás hablarán delante del juez de primera instancia, con necesidad compulsiva de descargarse de su historia. Unos se explayan más que otros. El hombre canado explica que otra vez lo detuvieron con mercancía robada. Se dedica a arrancar radios de carros y a venderlos por Q350 o Q400 en el mercado de La Presidenta. Esa ocupación le ha permitido, dice con genuino orgullo, educar a una hija como contadora y sí Dios le presta vida, graduará a la segunda de secretaria bilingüe.

Otro hombre dice con desparpajo que él descansa de lunes a jueves y el viernes, sábado y domingo se dedica a robar para vivir, celulares, billeteras, menudencias. Pero que esta vez la captura es injusta porque él no cometió ese robo.

Todos o casi todos han golpeado a los agentes de Policía cuando éstos los capturaban.

A un muchacho lo han pillado vendiendo perico en las calles. Hay un hombre que fracasó en su negocio y no pago más el alquiler del vehículo. Al ser detenido por una infracción de tránsito se activó la orden vieja de captura por estafa y helo aquí. Un padre de familia endeudado que sirvió como mula de cocaína e involucró también a su esposa repite una y otra vez que sus hijos no tendrán dinero para vivir mientras permanezcan a cargo de su abuela. Desconsolado, sólo atina a pedir que alguien le ayude a conseguir una fotografía de los niños que crecerán pensando -así lo han decidido- que sus padres marcharon como migrantes ilegales a Estados Unidos.

La celda se hace demasiado pequeña para tanta desesperanza.

El dolor es más punzante en un muchacho de 25 años. Reincidente. Esta es la cuarta vez que ha sido capturado. Sabe que irá al Preventivo de la Zona 18 y preferiría morir, dice, que volver a pasar por lo que ya ha pasado.

Los guardias de Presidios se acercan a cada tanto a la carceleta para llamar a algún detenido. A quienes tienen más suerte les ordenan salir para llevarlos ante juez. A otros sólo les llevan algún recado de un pariente o les avisan de la llegada de su abogado. A mí me llaman varias veces para facilitarles el trabajo a quienes intentan retratarme.

Los canales de la televisión abierta, Vea Canal y Rodrigo Polo, disfrazado de reportero, llegaron a tratar de hacerme una foto o filmarme dentro de la carceleta. Yo, que no quería colaborar en su empeño, les pedí a mis compañeros de celda que me avisaran de su llegada para no estar desprevenido.

No tuve que pedirlo dos veces. Como si se tratara de una misión colectiva, los prisioneros me mandaron a ocupar el rincón más remoto donde me prepararon una cama de nylon y cartón. Por almohada me dieron una envase plástico de jugo. Ahí quedaba fuera del alcance de las cámaras. Se organizaron para bloquear las rejas de malla metálica desde las cuales los camarógrafos con luces intensas, intentaban filmar el interior. El hombre de Puerto Barrios encaraba a los colegas. Les pedía que se fueran, les explicaba que aquel no era un circo ni los detenidos los payasos y como no cedían en su asedio amenazó con orinarlos.

Cuando alguno de mis amigos periodistas llegaba a preguntar por mí, le pedían santo y seña y venían conmigo para corroborar que fueran de fiar.

Cada vez que un nuevo guardia de presidios me llamaba para fingir que mi audiencia con el juez estaba a punto, de modo que me pusiera a tiro de las cámaras, los prisioneros cotejaban primero el dato y me conminaban a seguir en mi rincón.

Los más grandes me cubrieron cuando en el tercer conteo consecutivo los guardias empezaron a llamarnos a cada uno por su nombre para que los camarógrafos no pudieran captar mi rostro.   En la prisión, como bajo una situación de amenaza colectiva, las personas desarrollan un extraño sentido de colaboración. Camaradería, incluso.

La comida se comparte. Puesto que el sistema de presidios no da alimentos a los detenidos (tampoco ofrece duchas para bañarse) y sólo hay agua de un grifo pero no proporcionan vasos, los familiares y abogados de los detenidos les llevan bebidas y alimentos.

Ninguno de los prisioneros come en soledad su comida. Las hamburguesas se parten a la mitad, las tortillas se mojan en el recado del vecino, tanto las tazas de café como los cigarrillos de sobremesa pasan de boca en boca.

El hombre de Puerto Barrios de pronto lanza dos gritos y organiza una cuadrilla de limpieza. Ordena que todos se paren sobre las bancas, y manda a dos de los más jóvenes a quitarse sus camisetas, mojarlas y convertirlas en trapeadores para limpiar el piso.

De otro modo nadie podrá dormir con tanto lodo en ese sitio.

A cada tanto le pide a gritos a un guardia que le compre cigarrillos. Según el agente de turno, le venden la cajetilla a Q50 o a Q100. Así, a costa de los detenidos, se hacen su sobresueldo los agentes del Sistema Penitenciario.

Entre calada y calada, los presos preguntan qué otra cosa podrían hacer en la vida. Cuando alguien les responde que parecen tener talento para esta o para tal cosa, que seguro podrían seguir estudiando esto o aquello, sonríen incrédulos, sin querer hacerse demasiadas esperanzas pero con un brillo en los ojos que delata un rescoldo de fe en sí mismos.

Hacia la 1 de la mañana, cámaras y reporteros de la TV abierta desistieron de esperar para filmarme. Cuando me llamaron para la audiencia ante la juez, en la cual presentan al detenido con esposas en las manos, no había ninguno presente y perdieron la oportunidad de captar la imagen más deseada. Mis compañeros de celda lo celebraron como una victoria propia. Que me dictaran libertad y sobre todo, que los camarógrafos no hubieran logrado captarme.

A la hora de despedirnos, todos tenían peticiones concretas: una oportunidad de empleo, alguna opción de prepararse para un trabajo rentable y que les trajera a ellos también notoriedad. Hubo quien se ofreció, por no contar con más estudios que con el segundo año de primaria, a convertirse en mi escolta.

El rubio extranjero, que se presentó ante la juez un minuto antes, dejó su reloj sin emitir protesta.

Prometí que iba a contar su historia, que iba a hablar de las iniquidades de su prisión, un cautiverio peor que el de los animales de La Aurora, porque al menos las fieras tienen espacio para pasearse, las alimentan puntualmente y les limpian la jaula a diario.

Agradecieron con desgano y sentenciaron casi en coro: “de nada sirve que contés todo esto. A nadie le importa cómo nos mantienen aquí. Para la gente allá afuera, mejor si nos tratan mal”.

Tras la reja quedaron sus afanes y volvieron a sus tristezas.