Mal comer, comer bien en Guatemala

La nota en la edición dominical de Prensa Libre sobre lo que comemos los guatemaltecos da para pensar.

¿Qué porcentaje de los ingresos familiares se dedica al consumo de alimentos? ¿Cuánto es poco y cuánto mucho en el gasto semanal? ¿Aún comemos tortillas, frijoles y chirmol –tomate y chile- todos del mismo modo que lo hacían nuestros ancestros pre colombinos? ¿Nos saciamos con tortillas y pan para ahorrar en carne, leche y huevos? ¿Es más caro comer saludable? ¿Es razonable que resulten más baratos –y abundantes- los carbohidratos en forma de harina y azúcar? ¿De dónde vienen nuestras proteínas? ¿Puede y debe el Estado, por medio del Gobierno, procurar una mejor dieta para el guatemalteco sin importar su estrato económico?

Más de medio siglo atrás, el gobierno de Miguel Ydígoras Fuentes lanzó una campaña electoral alrededor del slogan “pondremos un pollo en cada puchero”. Su administración buscaba incentivar la producción de pollo a gran escala para satisfacer un mercado local que sólo se abastecía entonces a partir de la crianza en corrales domésticos.   En cada cocina había que torcerle el pescuezo a la gallina antes de invitarla al caldo, en aquella época.

Ydígoras Fuentes (católico a toda prueba y nada sospechoso de ser un socialista amante de la planificación central soviética) terminó a largo plazo cumpliendo su promesa. La industria avícola del país encontró condiciones para desarrollarse y los guatemaltecos pudieron y pueden hoy comprar más pollo a menor precio.

Nada de esto ha ocurrido sin sus respectivos bemoles. O sus consecuencias político económicas. Los productores más exitosos de pollo llegaron con los años a dominar la cúpula empresarial del país. Y a influir o a dictar según el signo del gobierno de turno la política económica de Guatemala. Qué se puede importar con más facilidad. Qué se debe prohibir por no convenir a los intereses de los productores. Pero visto desde cualquier ángulo el pollo es hoy la fuente de proteína más asequible para el guatemalteco.

Volvamos al reportaje de Prensa Libre. ¿Por qué no aparece, en la mesa de esas familias de clase media guatemalteca retratadas el pescado como un alimento común? ¿Por qué si Guatemala posee costas en el Océano Pacífico y en el mar Caribe no integran los pescados y mariscos la dieta básica del guatemalteco como si ocurre en Asia o en Perú, Ecuador o Chile?

¿Alguien en el Estado, para no reducirlo todo al Gobierno, tiene alguna idea de la posibilidad de incentivar la pesca orientada al mercado local, o el cultivo de variedades de peces de menor precio para proveer de un tipo de proteína más barato para el guatemalteco?

Sin la participación del Estado nada de esto parece posible sino a largo plazo. Se requiere de incentivos de diferente tipo y de educación del consumidor. Un botón de muestra es el fallido intento de la cooperación española por hacer funcionar en la Central de Mayoreo un cuarto frío para vender pescados y mariscos provenientes del Pacífico cada día. El esfuerzo languideció sin apenas compradores.

Pero Guatemala puede mejorar la dieta de sus habitantes propiciando el consumo a gran escala de pescados y mariscos. Hay una industria con potencial a desarrollar que por ahora enfrenta dificultades.  Para cuando los actuales pequeños productores de tilapia mejoren sus procesos de calidad ya será muy tarde. (La tilapia nacional presenta en su mayoría una carne ligosa, poco firme y escasamente apetecible. Todo como consecuencia de la sobrepoblación de los pequeños estanques de producción y la alimentación del pez a base de concentrados).

Y no es una preocupación menor, la de ofrecer opciones para servir proteína en la mesa del almuerzo. El encarecimiento de la carne ha obligado a las familias a sustituirla con granos básicos, pero sobretodo con pastas y harinas y azúcares refinados. Comer así día tras día, año tras año, incide a la larga en la salud, disparando índices de diabetes y padecimientos cardíacos entre la población. Remediar esos padecimientos resultará siempre más caro que encontrar la forma, como hizo Ydígoras hace 60 años, de llevar al puchero familiar alguna forma asequible y variada de proteína.